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REPORTAJE A DOS
CAZADORES DE TESOROS
Desde
la orilla, sentados en la escalinata, Ismael (40) y Alejandro (36), contemplan
orgullosos la laguna, que es la esencia misma de Chascomús y la fuente inspiradora que
los animó a convertirse en aficionados de su actividad. Ellos buscan antigüedades que
bajo el agua se perdieron hace tiempo y yacen allí olvidadas; tesoros que pueden tener
valores de diverso tipo: monetario, sentimental, o sobre todo, histórico, tesoros que
guarda la laguna y que estos nostálgicos cazadores decidieron sacar a la luz,
sumergiéndose respetuosamente desde hace 6 años, día a día, en el pasado.
No fue por
obra del azar, que "los buscadores de oro" como se los llama en su ciudad
natal-, eligieran casi el final de la calle Costanera España para trabajar, pues es allí
donde a principios del siglo pasado, "Los Libres Del Sur", un grupo de
hacendados, se rebelaron contra las fuerzas del Gral. Don Manuel de Rosas; y es allí
también donde allá por el 1900, los bañistas más audaces disfrutaban del verano.
Burgos y Monterrosa cuentan que es esa su estrategia, ya que son justamente los lugares
históricos su fuente más confiable de información.
Sus tesoros
más preciados
Monterrosa es
casado, con cinco hijos, y lamenta no disponer de más tiempo para dedicarle a esta
actividad que tanto le gusta, ya que entre otras cosas, debe intercalarla con los partidos
de football de los cuales es referí. Del bolsillo de su pantalón saca una bolsa parte de
la colección que ha logrado formar, la cuál va creciendo de a poco y sin apuro. Deja de
lado valiosas joyas como anillos, esclavas y cadenas de oro, para exponer sus
"logros" más importantes; entonces toma una moneda de bronce y lee con orgullo
su inscripción: "Banco Nacional, cinco décimas, año 1828".
A medida que
va mostrando y explicando con fascinación el valor histórico de los antiguos objetos,
los ojos de Monterrosa se vuelven cada vez más grandes y revelan el mismo asombro de la
primera vez cuando los encontró.
La
particularidad de otra moneda, deja al descubierto su valor: se trata de "una
esquila", que valía "un vellón". Asesorados por profesionales del museo
Pampeano, con sede en esta ciudad y por un especialista en numismática, Burgos y
Monterrosa, cuentan que "esas monedas estaban destinadas para uso interno de las
viejas estancias, y que servían para que el patrón le pagara al peón la esquila de
ovejas". Otros objetos encontrados de distinto origen y valor histórico fueron un
cortapapeles de plata, peinetas de oro, medallas del siglo pasado, monedas extranjeras,
mangos de espadas, y hasta una bala de cañón.
Cada palada
es una sorpresa
La búsqueda
comienza a las seis de la mañana y dura hasta el mediodía, pero se indican a ello sólo
durante las estaciones cálidas. Sin embargo, a pesar del cielo nublado y de lo terrible y
oscura que se veía la laguna, Burgos tiene planeado trabajar, pues ha traído los
implementos que utilizan, que por cierto son manuables, simples y rudimentarios. Se
introducen en el agua y con una pala cavan unos 20 cm., tirando la arena limosa que se
extrae del suelo en una zaranda, rodeada con boyas de red para que flote. La incertidumbre
dura hasta que "zarandean". A veces, pasan horas o días y no encuentran nada,
pero aseguran que el secreto consiste en "no desmoralizarse, y tener mucha
constancia, sobre todo nosotros, que nos gusta tanto lo que hacemos"."Cada
palada, es una sorpresa", afirma Burgos, intentando explicar la felicidad que se
siente y el incentivo que significa encontrar algo de valor.
Por consejo
de los especialistas del museo, los objetos se limpian poco y con pastas delicadas que no
rayan, para no dañar la superficie de las piezas, que es lo que las mayorías de los
casos delatan su valor histórico, como el origen, la data, el material del que están
hechas, etc.
Sin embargo,
aseguran que si se trata de objetos de oro no necesitan limpiarlos, porque el oro brilla
enseguida, y por lo general, "es oro bueno".
Las
búsquedas por momentos han dejado de ser un simple "hobbie" para convertirse en
un "servicio a la comunidad". Monterrosa cuenta entusiasmado que muchas veces la
gente le indica determinados sectores de la laguna donde han perdido objetos que tienen,
para cada uno, un valor sentimental distinto, y que quieren ansiosamente recuperar. Sin
embargo, estas exigencias son muy difíciles de satisfacer, por lo inaccesible de los
lugares en cuestión.
Picardías de
los principiantes
Divertidos, los buscadores cuentan que realizan esta rara actividad por casualidad. Un día de verano,
estando la laguna más baja que de costumbre, aparecieron en la orilla, bajo una piedra,
siete y relucientes anillos de oro. El hallazgo fue un acontecimiento, porque desde ese
mismo momento hasta hace unos días después, muchos curiosos y ambiciosos se acercaron a
la rivera de la laguna, "dispuestos a encontrar un galeón", según cuenta
Monterrosa, que no para de reírse acordándose de aquella situación. Al poco tiempo, al
notar que no se encontraba nada, a los falsos exploradores se les apagó el entusiasmo que
había originado la "Fiebre del oro en Chascomús", según tituló un diario
local a la noticia que relataba la "revolución" que se vivía en aquellos
días. Pero Burgos y Monterrosa decidieron seguir adelante y piensan continuar con esta
actividad hasta que los años y las ganas se lo permitan.
Cuando
recién empezaron estas búsquedas matutinas, como si hubiesen tenido que pagar una
especie de "derecho de piso"para poder irrumpir cada mañana la profunda
privacidad de la laguna, burgos y Monterrosa debieron sortear diversos inconvenientes del
oficio. Los primeros hallazgos tenían un alto valor monetario, porque en su mayoría se
trataban de joyas de oro que, después de acumular durante algún tiempo una determinada
cantidad, vendían al primer postor.
Con los
años, después de consultar a especialistas y adquirir cierta experiencia, los buscadores
se dieron cuenta que las piezas de oro tallado no sólo valían por sus quilates, sino
también por su refinamiento y antigüedad. Arrepentidos, entonces, decidieron no vender
nada más y empezaron a coleccionar.
Ante la
pregunta de si donarían sus respectivas colecciones para aumentar el patrimonio del
museo, Monterrosa duda, piensa que le costaría mucho desprenderse de tal tesoro, y
prefiere por ahora- conservarlo para contarles esta misma historia a cada uno de sus
hijos. Burgos proyecta comprar en un futuro su propia vitrina, para exponer allí su
recompensa de tanta constancia.
Mientras
tanto, la laguna ha dejado de ser un bello paisaje, para convertirse en compañera clave
de estos erróneamente llamados "buscadores de oro" chascomunenses, que han decidido guardar celosamente el caudal de historia que ella les ofrece.
Liza María
Martínez
Estudiante de periodismo
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